Autoestima
El arte de valorarse


Transitar por la vida con un concepto errado de sí mismo es un peso insostenible. El factor clave en este caso es la autoestima –como rasgo dela personalidad– que se encarga de evaluar permanentemente esos contenidos y puede llegar a transformar la existencia en un calvario o, por el contrario, convertirla en una experiencia enriquecedora

Es una verdad simple pero auténtica, para disfrutar de la vida lo primordial es sentirse bien con uno mismo, confiar en los propios atributos y ser flexibles ante las situaciones conflictivas. Sin embargo, este delicado equilibrio depende de la autoestima, esa característica de la personalidad que mediatiza el éxito o el fracaso.
Desde la óptica de Maritza Bendayán, sicóloga clínica, para lograr la comprensión de un concepto sobre autoestima es importante señalar que todos los seres vivos cuentan con un principio que los impulsa a mantenerse en equilibrio. En términos biológicos, este principio se conoce como homeostasis, cuyo equivalente sicológico se denomina autoconcepto. El autoconcepto es lo que consciente o inconscientemente se piensa de uno mismo –que puede o no estar apegado a la realidad– y es en torno a ello que el individuo ordena su conducta con la finalidad de protegerse sicológicamente y mantenerse en equilibrio.
El autoconcepto se construye desde la niñez, a partir de las enseñanzas de los antepasados biológicos y culturales, además de la propia experiencia.
Para el doctor Nathaniel Branden, fundador y director del Instituto para la Autoestima de Los Angeles, la autoestima es la suma de la autoconfianza y el autorrespeto. Así, la autoestima está formada por los sentimientos de competencia y autovaloración, razón por la cual cuando un individuo tiene la autoestima alta se siente competente y valioso, mientras que al tenerla baja se siente incorforme con su vida.
Por su parte, Pedro Delgado Machado, siquiatra, define a la autoestima como la actitud que tiene una persona hacia sí misma, producto de un proceso dinámico en el cual influyen muchos factores a lo largo de la vida. "En términos de sicología, la autoestima tiene una significación múltiple, pues depende de la confluencia de muchas funciones sicológicas conscientes o inconscientes". De las conscientes se puede destacar cómo el individuo percibe la aceptación por parte de los demás, así como la capacidad de reconocer las propias virtudes y defectos. En cuanto a las inconscientes, son aquellas experiencias pasadas que se relacionan con el entorno íntimo y familiar.


Visión introspectiva

Si bien la autoestima puede verse afectada por las vivencias cotidianas o por contenidos inconscientes, Delgado señaló que las experiencias tienen un valor en sí mismas, pero además está el precio que les asigna el individuo. En este orden de ideas, es frecuente que las personas funcionen a base de un mecanismo sicológico denominado transferencia, el cual consiste en revivir un episodio de la infancia en el presente. Un ejemplo de esta situación corresponde a gente con padres muy descalificadores y que pese a ello se destacan hasta que se encuentran con un jefe o algún interlocutor descalificador, circunstancia que revive las experiencias traumáticas y echa por tierra los logros alcanzados.
Es por ello que la autoestima de una persona puede variar de acuerdo con las circunstancias y las personas que la rodean. La autoestima en función de la relación con los demás depende de la valoración que se le dé al otro y de la que el individuo se aplique frente al otro, lo que causa que ante ciertos personajes un individuo se sienta empequeñecido o engrandecido.
Ahora bien, la formación y el correcto desarrollo de la autoestima tiene su origen en las relaciones familiares primarias, desde el mismo momento que el niño se siente amado, querido y respetado por su padres. Sin embargo, el hecho de sentirse amado tiene una doble connotación, pues hay personas que no son queridas y con razón perciben ese sentimiento y también hay casos de individuos amados que perciben lo contrario debido a mecanismos inconscientes que distorsionan la realidad. Un ejemplo de esta situación se presenta cuando el primogénito de una familia es muy amado, lo que representa un conflicto para el otro hijo, que aunque es querido por su familia, siente el peso de su hermano mayor y se desencadenan problemas de rivalidad, rencor, envidia o sentimientos de poca valía.
Por otra parte, los acontecimientos positivos refuerzan la autoestima positiva y los fracasos activan la negativa; es más, esto puede suceder casi simultáneamente en la vida cotidiana, pues ciertos aspectos de la vida son satisfactorios y otros no, razón por la cual no se puede decir que un individuo goza de una autoestima alta o baja de manera absoluta y permanente.
La autoestima es un aspecto funcional de la vida –enfatizó Delgado–, ya que los rasgos de la personalidad son los que se mantienen en el tiempo y caracterizan a cada quien, mientras que la autoestima define los momentos sicológicos del individuo, pues cambia de un momento a otro. Así, hay experiencias que bajan dramáticamente la autoestima de la persona, como es el caso de las violaciones o cualquier otro tipo de agresión, o que al contrario la elevan como los éxitos –laborales o en el amor.

De lo normal y lo excesivo

Si bien la autoestima puede ser un problema por defecto, pues genera sentimientos de inferioridad y poca valía, sensación de incapacidad y torpeza; también resulta conflictiva cuando es excesiva, ya que el individuo manifiesta confianza exagerada e imprudencia, "lo que lo lleva a cometer errores al no medir actos ni palabras", explicó Delgado.
La autoestima excesiva es frecuente en líderes, lo que les indica que poseen poderes especiales y se sienten legitimados para hacer y decir lo que les parece, sin medir las consecuencias de sus actos.
Ahora bien, desde la concepción de Bendayán, un punto medio o una visión sana del individuo con respecto a su autoestima –ya sea en momentos buenos o malos– es afrontar las situaciones con la convicción de que se es competente para vivir y para ser feliz, lo cual lleva a asimilar la vida con mayor confianza y optimismo para el logro de las metas. Es por ello que los individuos con buena autoestima son más creativos en el trabajo, más elásticos para resistir a la presión de sucumbir ante la derrota y más ambiciosos en cuanto a las expectativas de vida. De allí que la correcta relación del individuo con su autoestima redunde en mayor vitalidad y los impulse a tratar a los otros con respeto, benevolencia y buena voluntad, pues esta es la base para responder asertivamente a las oportunidades que se le presentan, y lograr la serenidad espiritual, que en definitiva es la que hace posible el goce de la vida.
Por el contrario, las personas que tienden a valorarse negativamente tienen problemas con su autoconcepto. El origen del conflicto se suele encontrar en la niñez y en los acontecimientos descalificatorios que experimenta el individuo a lo largo de su vida; de allí que muchos mantengan una actitud de reto constante con el ente agresor –los padres, por ejemplo–, lo que los hace muy triunfadores o muy fracasados, pues se establece una lucha contra el concepto que ese ente agresor mantiene sobre la persona, mas no por su verdadero interés.

Factores de peso

Un factor íntimamente ligado a la autoestima es la autoimagen, la cual depende en gran medida de las experiencias personales y de la manera de interpretarlas. De aquí que resulten tan perjudiciales las etiquetas que se le endilgan a las personas –"Carlitos es tremendo", "Marta es fea pero inteligente", "Mariela es bella pero mala estudiante"–. En el caso de los adolescentes, los padres, amigos, educadores y demás adultos del entorno constituyen las fuentes primarias que les proyectan una imagen acerca de la forma como se está desarrollando su personalidad, lo cual pasa a ser un aspecto crucial en la percepción que tiene el adolescente de sí mismo, pues a esa edad "no se han desarrollado correctamente los mecanismo para hacer una correcta evaluación de la propia persona y las etiquetas e influencias pueden moldear correctamente o deformar", explicó Bendayán.
Los padres contribuyen positivamente al desarrollo de la autoestima de sus hijos al alentarlos a correr riesgos necesarios para alcanzar retribuciones, al favorecer la progresiva independencia de acuerdo con la capacidad de asumir responsabilidades y al evitar la crítica destructiva. Además, los padres deben demostrar interés por las actividades de sus hijos, exaltar sus capacidades positivas, estimular la toma de decisiones con sus posibles consecuencias y dar ejemplo de autoestima positiva.
Los amigos juegan un rol muy importante en la formación de la autoestima, porque la lucha que libra el adolescente por ser autónomo puede generarle agobios y dudas, razón por la cual el grupo de amigos puede suavizar esos sentimientos, pues constituye un campo de prueba para las interacciones sociales y el desarrollo de la personalidad.
En cuanto a la influencia de los adultos, éstos suelen esperar que los jóvenes mantengan una conducta cortés, respetuosa y considerada. Sin embargo, es importante aclarar que durante esa edad se suele convertir en norma la discrepancia con respecto a las ideas de los mayores, por lo que padres y adultos en general, deben abstenerse de forzar a los adolescentes a convertirse en seres complacientes a expensas de su propia identidad, ya que ello suele despertar resentimientos, dado que no se sienten valorados por su personalidad sino por la imagen que deben proyectar.

Restablecer el equilibrio

Muchos trastornos y enfermedades emocionales están relacionados con la baja autoestima. En este sentido, Delgado aclaró que la autoestima alta o baja es una consecuencia del cuadro siquiátrico del individuo, razón por la cual una persona con depresión presenta autoestima baja, mientras que quienes presentan cuadros de manías manifiestan una autoestima elevada, se sienten especiales, consideran que el mundo depende de ellos y tienen poco juicio crítico.
La terapia para solventar los problemas de autoestima varían según el especialista tratante. Bendayán explicó que los tratamientos basados en terapia conductual cognoscitiva intentan modificar los hábitos o conductas que perturban al individuo sin viajar hasta los predios de la niñez. A lo largo de las sesiones, el terapista saca a la luz los conceptos que molestan al paciente, lo concientiza de ellos y los resalta cada vez que se ponen en práctica a la hora de valorarse, todo con la finalidad de hacerle ver que son ideas forjadas, mal interpretadas o que ya perdieron vigencia.
En este sentido, muchas personas no explotan o reconocen sus virtudes y sólo prestan atención a las características negativas que presentan, las resaltan y magnifican. En otros casos, donde existen razones verdaderas para mantener una autoestima baja –en casos de alguna limitación física o sicomotriz, por ejemplo–, el terapista explica al paciente la razón científica de su problema y lo remite al especialista que puede ayudarlo a mejorar la condición.
Desde la óptica de Delgado, el tratamiento de un paciente con problemas de autoestima implica indagar en la historia del individuo, en su dinámica familiar y sus experiencias de vida. De esta manera recorre el camino de su autoestima y de las circunstancias puntuales que la han moldeado.
Los procesos de sicoterapia ayudan a modificar los conceptos errados que deforman la autoestima, porque en la medida en que el individuo tome conciencia de sus patrones de pensamiento y de los elementos de su historia, la persona comienza a ser capaz de reconocer sus logros, esfuerzos, virtudes o los errores de su acción imprudente.
Otra forma de terapia implica delimitar metas a corto plazo y en la medida que se logran resultados, el individuo modifica o afianza su autoestima. Adicionalmente, ocupar el tiempo en actividades gratificantes que se traduzcan en logros, ayuda a mejorar los problemas de autoestima.


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