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Los hipocondríacos son pacientes que están extremada e injustificadamente preocupados por su cuerpo y por su salud en general; si sienten un dolor en el pecho, no piensan que puede ser cansancio, sino que es un infarto; si les duele la cabeza, no es algo pasajero, es un tumor cerebral. Siempre consideran que tienen una enfermedad grave y su preocupación al respecto resulta exagerada o no se corresponde con la realidad.
Estas personas se dan a la tarea de recorrer consultorios médicos para buscar la cura a sus males; los cuales, según ellos, se agravan a medida que transcurre el tiempo. Asimismo, por lo general no solamente sufren de una sola cosa sino que también su cuerpo es capaz de somatizar diversas enfermedades y dolores de distinta índole.
Una vez que acuden al médico requieren de ayuda inmediata, en la mayoría de las ocasiones obligan al especialista a darles exhaustivas explicaciones sobre su estado de salud, son capaces de llevar la contraria, de pedir con conocimiento de causa los exámenes para esos casos, de llamar al doctor para verificar su evolución. Y en los casos más extremos de hipocondria, los pacientes fungen de seudomédicos y diagnostican y recetan a sus conocidos, de acuerdo con sus propias experiencias.
Ese trajinar clínico en el que los hipocondríacos cambian de médicos como cambiar de medias, trae una consecuencia particularmente grave: que no les crean, porque a la larga eso es lo que suele pasar, nadie les cree a los hipocondríacos.
Lo que no saben los demás es que ellos padecen todo lo que dicen tener, el mal no es producto de su imaginación, lo sienten todo. Este cuadro clínico coloca a estas personas en una posición nada envidiable: en la cima de la angustia y la desesperación. Si bien el término hipocondríaco ya forma parte de la jerga diaria, implica situaciones mucho más serias que el simple hecho de tener la cartera, la casa o el carro llenos de pastillas.
Me duele aquí, aquí y aquí
Es normal preocuparse por la salud, por eso no a todas las personas que se presenten angustiadas en un consultorio médico se les va a tildar de hipocondríacas; sin embargo, existen rasgos distintivos que caracterizan a estos pacientes.
Plantea la siquiatra Eleonora Abreu, del Centro Médico Docente La Trinidad, que se "ha determinado que el umbral para el dolor en los hipocondríacos es mucho más bajo que para el resto de las personas, por eso la mínima cosa les causa dolor. Son personas que recurren a muchos médicos, por una o diversas enfermedades, tienen un dolor de cabeza y van a un neurólogo, piden tres o más opiniones y exigen muchos exámenes para poder convencerse". De esa predisposición exagerada al dolor se deriva que el paciente valore sensaciones y fenómenos normales como algo excepcional, y que persista el miedo a tener una enfermedad rara a pesar de las explicaciones médicas. Además, casi siempre creen que no reciben la atención adecuada.
Al respecto explica la sicóloga clínica Mary Aparcedo, de Proyecto Redes, que "los pacientes hipocondríacos son generalmente egocéntricos, con frecuencia necesitan que su grupo familiar centre su atención en ellos, exageran sus síntomas, muchos son dominantes, manipulan y se tornan irritables al no ver satisfechas sus exigencias. También se evidencia cierto deterioro de las relaciones sociales, las cuales se ven limitadas por sus enfermedades. Esta situación, por supuesto, afecta a sus familiares, quienes en la mayoría de los casos no saben cómo enfrentarse a tales situaciones".
Estas personas, a menudo, se niegan a acudir a un especialista en salud mental porque no están conscientes de su mal. Por otro lado, debido al constante peregrinar médico, es muy difícil para un doctor detectar a un hipocondríaco en una consulta normal; "porque un médico hace su trabajo y a simple vista no puede darse cuenta de que esa persona puede ser un hipocondríaco. Además, ellos no siempre consultan al mismo especialista, por eso, muchas veces el médico de turno no está en capacidad de remitirlos o de darse cuenta de que esa persona tiene un problema más bien mental", explica Abreu. Cuando un hipocondríaco llega al siquiatra es por otras razones alternas a su verdadero mal, como la depresión o la angustia, nunca admiten que tienen otro tipo de problema.
Un hipocondríaco también puede resultar agresivo por la misma angustia de la que es víctima o porque las personas más allegadas a su medio no le creen; asimismo, puede ser peligroso consigo mismo, debido a los constantes análisis o pruebas exploratorias de riesgo a las que se someten.
Detrás de los dolores
Todos tienen su razón de ser, por eso los dolores de los hipocondríacos reflejan otras inquietudes, éstos no son más que una cortina que oculta alguna realidad subyacente. Según Aparcedo, la preocupación excesiva por la salud esconde temor, inseguridad, minusvalía, desconfianza, pérdidas, maltratos y abandonos.
Y como los hipocondríacos son personas que no saben concentrase en sus emociones básicas, entonces las trasladan a su cuerpo. Según Abreu, "hay cuatro emociones básicas: la tristeza, el miedo, la rabia y la alegría. Todas las personas normales sienten esas emociones de una manera adaptada, pero los hipocondríacos no están en contacto directo con lo que les está ocurriendo, entonces pasan directo a sentir angustia, la cual la depositan en alguna parte de su cuerpo. Ellos no están en capacidad de saber qué sienten, y en lugar de asumir sus emociones, las expresan padeciendo una enfermedad".
Por ejemplo, en vez de sentir rabia, la tensión pasa a un dolor de cabeza y a veces es verdad que tienen ese dolor, pues los hipocondríacos pueden somatizar sus afecciones. "Generalmente, son personas que tienen poco contacto consigo mismas, y como no saben manejar su parte emocional, entonces la consignan toda en el organismo, porque es más fácil ocuparse del cuerpo que de sus emociones", opina Abreu.
Como la queja, la enfermedad y el dolor hacen tanto ruido, y la situación que genera un hipocondríaco puede llegar a ser tan alarmante y aparatosa, esto les permite negar otras cuestiones, que efectivamente pueden ser más importantes y también más difíciles de manejar o atender. No obstante, destaca Abreu que "el dolor que ellos tienen existe, está allí y no se debe desvalorizar; sí hay que creerles, porque lo que sienten es real, solo que ellos lo expresan de manera exagerada. Es posible que estas personas busquen afecto o atención por parte de los miembros de la familia, lo cual evidencia que siempre hay una ganancia secundaria, aunque el hipocondríaco no esté consciente de ello".
¿Y la cura qué?
Es difícil tratar a un hipocondríaco, porque éste no acepta su realidad y niega cualquier posibilidad de que sus males sean infundados. Sin embargo, la cura es posible y el tiempo que ésta tarda depende de muchos factores, entre ellos, del tiempo que la persona tenga con la hipocondria, de la edad y, en definitiva, de las ganas que posee de librarse de sus síntomas.
Un hipocondríaco que está imbuido en su mundo no se da cuenta de su mal; por lo tanto, es muy raro que acuda al siquiatra por voluntad propia, siempre lo hace porque algún médico de los tantos que ha visitado detecta que su actitud compulsiva por las enfermedades no tiene ningún origen físico a pesar de la insistencia nerviosa del paciente, o porque los miembros de la familia influyen para que asista al especialista en salud mental.
Manifiesta Abreu que el "primer paso para empezar a tratar a un hipocondríaco es lograr ganarse su confianza. La persona tiene que creer en el médico que lo va a tratar. Luego se descarta cualquier problema físico que ellos digan tener, los más comunes son los dolores en todo el cuerpo, molestias gastrointestinales, dolores de cabeza y musculares. Luego empezamos con el paciente una terapia sobre cómo manejar la ansiedad; también se evalúan las creencias sobre la salud de la familia".
Ser hipocondríaco implica muchas consecuencias, los primeros afectados son los familiares, quienes se desesperan por la situación anormal en la que viven todos los días, se desarrollan conflictos, surgen muchas separaciones de parejas, entre otras secuelas. Por eso el proceso de cura también involucra a la familia.
Por su parte, Aparcedo también coincide en que lo más importante es aminorar la angustia, se debe partir del compromiso que asumen los hipocondríacos para librarse de la angustia, canalizándola de otra manera que no sea padeciendo enfermedades. Ellos deben descubrir cuál es la verdadera esencia de esa angustia. Según esta especialista, "una de las terapias utilizadas con este tipo de pacientes es la Terapia de Apoyo, en la que se escucha atentamente todas las quejas del enfermo. Con este tipo de relación es posible lograr un vínculo estable que les permite mantenerse libres de la ansiedad, y evitar caer en el inútil ritual de rodar de una clínica a otra y de un médico a otro. La Terapia Cognitiva, por su parte, permite que el paciente identifique cómo determinadas situaciones van a producir en ellos pensamientos automáticos, al movilizar ciertas emociones que conllevan a un comportamiento distorsionado".
No obstante, el porcentaje de pacientes que sufren de hipocondria y que son tratados por los especialistas es muy bajo, del uno al diez, solo dos acuden a consulta.
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