¡Qué mala maña!


Las manías, además de esa ingenua acepción coloquial en la que se incluyen comerse las uñas o tirarse del cabello, pueden estar revestidas de un carácter más complejo, al punto de ser consideradas como desórdenes mentales graves

Probablemente, todos conocemos alguna persona con una conducta que consideramos fuera de lo normal: la más frecuente es comerse las uñas, pero en el grupo se incluyen muchas otras que no pasarían nunca por debajo de la mesa.
Por ejemplo, hay quien necesita bañarse cinco veces al día para eliminar cualquier impureza del cuerpo; quien espera que el teléfono repique 10 veces antes de contestar; hasta se sabe de quien no pisa las uniones de las baldosas cuando transita por la calle. Todas estas conductas podrían ser desórdenes graves. Lo que las identifica como tales es, en primer lugar, una carga genética, y en segundo término la persistencia de un hábito que practicamos sin darnos cuenta hasta que éste se instaura.
En realidad, existe una clara distinción entre ambas: entre la manía, como desorden sicopatológico, y las compulsiones, que es lo que el común de las personas señala al referirse a las manías.

La manía como enfermedad

"La manía es una manifestación polar de lo que se conoce como sicosis maniacodepresiva, que consta de dos fases opuestas: el polo depresivo y el maníaco", señala la doctora Libertad Velázquez, siquiatra y sicoterapéutica. Este carácter bipolar se traduce en que a un estado de euforia prolongada puede suceder uno de depresión, de manera análoga a quien posee dos personalidades.
En cuanto a la manía, esta especialista sostiene que se caracteriza fundamentalmente por un estado de ánimo exacerbado, eufórico, en el que la persona tiene la autoestima patológicamente elevada, en ocasiones con tendencia a la irritabilidad y hasta a la agresión.
Los maníacos también se caracterizan por su hiperactividad, gastos excesivos y un aumento en la sociabilidad y la motricidad: "Pueden caminar kilómetros sin sensación de cansancio; a veces se agotan, no porque ellos estén dispuestos a descansar sino porque su cuerpo ya no resiste", dice la experta. Los maníacos también hablan en un tono alto, rápido y sin admitir interrupciones. Esto sucede porque el curso del pensamiento es tan rápido que se llega a configurar una "fuga de ideas"; es decir, piensan de una manera más veloz de la que hablan.
Y como si el cuadro no estuviera suficientemente completo, en las personas con este tipo de desorden se aprecia disminución de la atención y de la capacidad de dormir, así como ideas delirantes de grandeza. "Una idea delirante es aquella que no es reductible mediante argumentación lógica; el paciente siempre está por encima de los demás y en ocasiones hasta por encima de las posibilidades reales. Desde el punto de vista sicoanalítico, esto se considera como una manifestación del yo ideal; es decir, de lo que la persona en sus más profundos pensamientos y expectativas hubiese querido ser", señala Velázquez.

¿Mañas o manías?

En primer lugar, habría que establecer que lo que sicopatológicamente se entiende como manía es diferente a lo que el común de las personas considera como tal. Es decir, mientras que desde el punto de vista sicopatológico es una enfermedad muy grave, a nivel general se habla de manía cuando la persona repite un hábito o cuando tiene una compulsión.
Y en ese caso, ¿puede verse como un desorden sicopatológico? "Depende de la intensidad. La gente considera como manías las conductas repetitivas que aparentemente tienen una finalidad pero que en el fondo no la tienen. Casi siempre forman parte más bien de los trastornos obsesivo compulsivos, que, como su nombre lo indica, presentan obsesiones y compulsiones", aclara la doctora Velázquez.
Así como entre las dos acepciones de la manía se establece una distinción, es preciso hacerla entre obsesiones y compulsiones. Las primeras, tal como lo revela la experta, son ideas, pensamientos, imágenes persistentes y recurrentes que no son sintónicas con la persona que las padece y que ella siente como extrañas, por lo que trata de rechazarlas.
Ejemplos de obsesiones son las ideas "se van a morir mis padres" o "soy capaz de matar a mi hijo"; son pensamientos inevitables aunque parezcan terribles y perturbadores. Obsesiones frecuentes son también las de la contaminación asociada con la sensación de la enfermedad: "Si paso junto a alguien que tiene gripe seguro que me voy a contaminar". Estos pensamientos involuntarios no son beneficiosos para la persona y le producen mucha culpa y malestar.
Son justamente estas ideas, que se producen en el plano mental, las que dan origen a las compulsiones y las verdaderas culpables de que confundamos las manías con las compulsiones.
"Las obsesiones se producen a nivel mental mientras que las compulsiones son conductuales. De alguna manera, las segundas vienen dadas por las primeras porque si tienes una idea de contaminación eso te induce a lavarte las manos de manera excesiva", explica la doctora Velázquez.
Las compulsiones, por otra parte, son conductas repetitivas que se efectúan bajo determinadas reglas. Este comportamiento generalmente puede ser inducido en los niños, pues en ello influye el aprendizaje. Los niños que se se muerden las uñas (onicofagia) usualmente comienzan a hacerlo en la infancia temprana, bien como una manifestación de angustia o por imitación. El problema está en que una vez que se aprende el hábito, llega un momento en el que el drenaje nervioso se traduce en esta actividad.
Sin embargo, no hay de qué alarmarse, porque existen tratamientos tanto médicos como sicoterapéuticos, al igual que para los desórdenes obsesivos compulsivos.

Me muero de los nervios

"¿Qué es un hábito? Es un acto voluntario que a fuerza de ser repetido se hace automático; pero son simplemente manifestaciones de algo que está más abajo, que en general es angustia", señala la doctora Velázquez en relación con los hábitos nerviosos. Algunos especialistas del comportamiento destacan que los hábitos nerviosos son en realidad síntomas de trastornos subyacentes y sitúan su origen en la existencia de diversos complejos tales como la agresividad reprimida, e incluso el autocastigo. Y aunque la doctora Velázquez coincide en parte con esta percepción, no lo hace con la denominación: "El término hábito nervioso no existe, porque lo que apreciamos no son más que síntomas. Allí se incluyen la enuresis (tendencia a orinarse la cama), la onicofagia, y otras. Son manifestaciones pero se necesita todo un complejo de síntomas concatenados para dar el cuadro clínico".
Por su parte, la sicóloga clínica Zeralda Ghersi considera que el término, por ser acuñado en tierras ibéricas y no en estos predios, no está tipificado como tal en los consultorios nacionales. Sin embargo, explica que cuando se forma una cadena de hábitos inadecuada es posible que eso degenere en una patología propiamente dicha y que comiencen a elaborarse las manías.
"Cuando se están estructurando estos hábitos nerviosos inadecuados, con un componente de ansiedad, tal vez no interfieran con la vida rutinaria, pero cuando ya es una cadena de hábitos más elaborados, el contexto social comienza a señalarlos y muchas veces coinciden dos o tres, porque uno no es suficiente para bajar la ansiedad", señala la doctora Ghersi.
En relación con la predisposición de algunas personas a padecer "hábitos nerviosos", esta especialista explica que aunque muchas veces es una cuestión de modelaje, serán más proclives quienes tengan un desorden de ansiedad preexistente. Por eso los expertos señalan como algo importante tener plena conciencia de estos hábitos, sobre todo cuando comienzan a instaurarse, de manera de poder superarlos.
"Muchas veces cuando se descifran los tests de personalidad puedes descubrir conductas inadecuadas o inefectivas; tendencias depresivas, agresivas, rasgos maniacocompulsivos.
También puedes descubrir si una persona es muy rígida. Si la persona además de todo es rígida, las compulsiones y las manías serán más estructuradas porque ella no busca opciones más efectivas", explica Ghersi.
Para esta especialista, son eficaces en este sentido los ejercicios de relajación profunda y la meditación, que permiten a la persona que padece los hábitos repetir la sensación de placidez y serenidad cuando sienta estrés o ansiedad, sobre todo en este ambiente donde pareciera que el mundo moderno fomentara la formación de manías y compulsiones.
Finalmente, insiste en la necesidad de aprender a discriminar cuándo se está instaurando una conducta adictiva para evitar que empeore. "Si te das cuenta de que estás fumando o tomando café más de lo necesario y que se puede convertir en una conducta adictiva, te detienes y rompes la negación para aumentar la autocrítica. Cuando uno está permeable puede recibir las cosas positivas de la terapia y cualquier información beneficiosa. La clave es la flexibilidad."


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