| El taller de supervivencia para ejecutivos va más allá de una simple aventura, ya que permite al individuo, a través de la vivencia personal, recibir aprendizajes que sería casi imposible que pudiera tener en talleres tradicionales donde sólo se conversa.
¿De qué estamos hablando?, simplemente de dos días muy intensos donde personas con responsabilidades empresariales, pero sin distinción de edades, sexo o jerarquías, realizan largas caminatas, llevan en camilla a supuestos heridos por caminos escabrosos, cruzan en bote una ancha laguna, solucionan problemas en equipo, duermen poco, trabajan mucho y finalmente se dan cuenta que han aprendido más de sí mismos y de los demás que en toda su vida.
El taller al que nos referimos es coordinado por el doctor Daniel Gil-Adí y se realiza periódicamente en el Campamento Juvenil Lagunazo, en el estado Cojedes.
Durante dos días y medio se reúne un grupo que puede llegar a tener más de cien personas, y en el que hombres y mujeres pueden llegar a situaciones límite nunca antes experimentadas.
De acuerdo a la opinión de Gil-Adí, "una cosa es lo que decimos y otra cosa es cómo actuamos, por eso diseñamos este taller para que la gente sea puesta a prueba y exprese rápidamente sus tendencias de personalidad. Allí nos damos cuenta con quiénes se puede contar, quién está dispuesto a ayudar y quién prefiere escurrir el bulto".
En los talleres tradicionales para ejecutivos y gerentes no es fácil descubrir esas discrepancias, que sí son claramente percibidas en situaciones complicadas donde se hace necesario trabajar en equipo, tener una comunicación fluida, poner a prueba la capacidad de aprendizaje y autocuestionarse actitudes que están profundamente arraigadas en el ser.
Exagerar la situación
"Los participantes se dividen en grupos multidisciplinarios de unas doce personas de ambos sexos. En muchos de los ejercicios cada grupo debe enfrentar una situación complicada. Pronto se sabe quiénes escuchan y quiénes no, qué personas son impetuosas, agresivas, pasivas, facilitadoras u obstructoras", explicó Gil-Adí.
Un ejercicio típico de los muchos que conforman el taller y que ayuda a descubrir estas tendencias es el siguiente: alrededor de un árbol muy grande se hace un círculo de 30 metros de diámetro y dentro de este se colocan unos objetos. El grupo cuenta con dos cuerdas para retirar del círculo dichos objetos, el "pequeño" inconveniente es que nadie puede pisar el terreno delimitado. Se cuenta con 10 minutos para planificar la acción y siete para ejecutarla. Para mayor dificultad, una sola persona del grupo puede retirar los objetos y se encuentra con los ojos vendados; por lo tanto, debe seguir las instrucciones de sus compañeros.
Parece difícil, ¿verdad?; sin embargo, en la mayoría de los casos se logra el objetivo, aunque de muy variadas formas.
Aquí aflora la creatividad de la gente, la capacidad de defender una idea y convencer a los demás de que es la más viable.
Además, como los grupos son interjerárquicos, es necesario practicar una democracia genuina, lo cual rompe esquemas acerca de la posición de la mujer o la rigidez en los organigramas de las organizaciones, la llamada "realeza" organizacional. En suma, se interioriza que no hay autoridades por encima de ninguna regla.
Naturalmente, esto puede generar resistencias en muchas personas, porque implica un cambio muy grande en la forma tradicional de pensar.
"En este taller, afirma Gil-Adí, se descubre la historia de la gente, se expresan los modelos mentales de cada uno, cómo ven las cosas. Desde luego, la idea es romper los esquemas. Seguimos la enseñanza de Martin Luther King que decía: Exagera la situación para que la gente no la pueda evadir. Como resultado se aprende más sobre uno mismo y sobre los demás"
Riesgos y limitaciones
No hay limitaciones en cuanto a edad ni condiciones físicas para realizar este taller. No hace falta ser un atleta, aun cuando se les hará un poco más fácil a quienes gocen de una salud razonablemente buena y no hayan abusado demasiado de su cuerpo. Lo fundamental es tener una actitud positiva ante la vida.
El ambiente natural que rodea Lagunazo puede ser ideal para olvidar preocupaciones. Irónico contraste con los ejercicios de riesgo personal que forman parte del taller, como el llamado "paso de comando", o el salto en "benji" desde unos diez metros de altura. Aunque cada ejercicio es asistido por supervisores expertos y la seguridad es de ciento por ciento, estas actividades no son obligatorias, pero el que no las realice debe soportar las alegres bromas de los otros participantes. De hecho, la manera como reaccionen ante la presión de los compañeros los que hayan desistido, también es parte de la evaluación.
¿Les parece conocido? ¿Cuántas veces la gente no hace cosas o deja de hacerlas sencillamente por la presión de un grupo o de la sociedad? Con todo, casi nadie deja de hacer estos ejercicios, al contrario, muchos participantes se descubren haciendo cosas que nunca se imaginaron que podían hacer.
Como dice con una sonrisa el doctor Gil-Adí, "les sale la adrenalina por los oídos y al final de la actividad quieren más".
Cabe destacar que no se persigue que la gente se haga adicta a emociones fuertes, ni que después del taller se dediquen a la escalada, el benji o el paracaidismo, sino entender que al igual que en los ejercicios de riesgo personal, en la vida conviene desembarazarse de las "etiquetas" que nos hemos puesto y que son un lastre para lograr lo que podemos ser.
Es una forma de aprender a desterrar las expresiones como: "El miedo me agobia", o "yo no puedo hacer esto". Tampoco se trata de no sentir miedo ante cualquier contingencia de la vida, sino saber cómo manejarlo.
Un taller sobre la vida
Daniel Gil-Adí comenta que a veces entran al taller individuos con un conocimiento limitado de sus potencialidades y se descubren cualidades insospechadas. "Este es un taller muy especial, o la gente lo ama apasionadamente o lo odia con igual pasión".
Al tomar elementos de su experiencia como ex oficial paracaidista del ejército israelí y como sicólogo clínico, Daniel Gil-Adí siente que ha diseñado un taller sobre la vida y sobre los compromisos que a cada momento tenemos que hacer con nosotros mismos y ante los demás. Su disciplina es absoluta y eso puede chocar contra espíritus poco dispuestos o desacostumbrados. No obstante, al mismo tiempo, el taller cuida mucho de no abochornar a la gente en público. Paradójicamente, con lo duras que puedan parecer las actividades, a todos los participantes se les trata con gran respeto y cariño.
"Podría decir que 99 por ciento de nuestros problemas los hemos diseñado nosotros mismos, sólo el uno por ciento se relaciona con cosas que no podemos controlar. Esto tiene mucho que ver con nuestra capacidad de manejar las frustraciones, de vivir asertivamente, de desarrollar nuestra autoestima, de vivir congruentemente, de ser sensible a los demás y de anticipar las necesidades de los otros", explica Gil-Adí.
El sueño o la falta de él es otro aspecto que se evalúa en el taller. Como la gente duerme en cabañas sin distinción de edad y de sexo, es necesario negociar cómo compartir los lugares para dormir, o el baño. De todos modos, se duerme poco, porque en cualquier momento de la madrugada el grupo es despertado para realizar un ejercicio de orientación.
Durante el fin de semana también hay ejercicios de integración al aire libre, en ocasiones alrededor de una fogata, donde la comunicación fluye de forma fácil y natural.
Una herramienta potente
Si bien durante el taller los participantes hablan y comparten para saber qué han aprendido al terminar cada actividad, es después de un mes que se realiza una evaluación más profunda. Cada participante puede explicar los cambios que ha experimentado en su vida y sobre qué ha reflexionado.
Por otra parte, como el taller casi siempre es contratado por una empresa o corporación determinada, ésta recibe la evaluación general e individual sobre cada uno de los participantes.
Aunque estos datos son confidenciales, hay indicios sobre los cambios que el taller ha propiciado en las organizaciones. Por ejemplo, los talleres que se han hecho en el primer año del Programa Avanzado de Gerencia del IESA (PAG) provocaron un efecto positivo entre los integrantes de ese postgrado. A pesar del fuerte régimen académico y del elevado nivel de autoexigencia de los participantes, después del taller se apreciaba un cambio en la forma como competían los estudiantes entre sí. Había más respeto entre ellos, se desarrollaba una sinergia especial y una mayor eficacia en los trabajos en equipo.
En el caso de una empresa privada, entrevistamos a Cristina Valarino, gerente de la división de recursos humanos de Lafarge-Cementos La Vega.
Varios grupos de la directiva, gerencia alta y media de esta compañía realizaron el taller incluyendo ella misma con el fin de prepararse para la integración a una cultura empresarial diferente, debido a la compra de Cementos La Vega por el grupo francés Lafarge.
En este sentido, explica Valarino: "Perseguíamos identificar los líderes de nuestra organización que pudieran dirigir los procesos de cambio y fomentar la cooperación y la integración. Puedo decir que los resultados fueron evidentes. Muchos empleados consideran que este taller fue el mejor regalo que les pudo haber dado la corporación. Aprendieron a manejar la incertidumbre, algo vital en época de crisis económica como la que vivimos. Incluso se desarrolló un lenguaje común entre los que asistieron. Expresiones como: "Tenemos que saltar el trapecio", o "hay que cruzar la laguna" se han hecho parte de la cotidianidad de la empresa a la hora de resolver cualquier problema. Ha sido una herramienta potente para la organización", concluye.
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