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Masajes Ya sea por razones estéticas, estrés, problemas del alma o hasta por un toque de hedonismo, los masajes tienen mucho que ofrecer, siempre y cuando se tome conciencia de que no son fórmulas milagrosas para solucionar determinadas dolencias |
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Por aquello de la salud integral y la belleza, en la actualidad muchas son las terapias que se pueden aplicar para alcanzar ese equilibrio cuerpo-mente que favorece la salud del individuo y enriquece su mundo interior. En este sentido, los masajes reductores, antiestrés y la técnica de la integración corporal representan alternativas sólidamente cimentadas que ayudan a las personas a estar en armonía consigo mismas. Por eso, si de verse bien se trata o se se desea eliminar las molestias que produce el agitado ritmo de vida citadino, ponerse en las manos de un buen masajista no es mala idea. Por otro lado, para quienes estudian y conocen el cuerpo humano, en gran parte la alegría, angustia, tristeza, dolor, melancolía y hasta el nivel de libertad interior de una persona, se pueden identificar en su expresión corporal, gestualidad y postura, y desde luego, tratar a este nivel con una terapia de integración corporal. A continuación se explican cada uno de estos tratamientos, sin duda, uno para cada necesidad.
Un toque de hedonismo Los masajes estéticos son aquellos que se aplican principalmente con el objetivo de reducir los depósitos de grasa del organismo. Estos masajes actúan muy lentamente y su función es movilizar los depósitos de grasa del organismo para que halla mayor circulación y se irrigue mejor la sangre. Para que el masaje sea efectivo es vital vigilar la calidad de la alimentación y la cantidad de ejercicio físico que practique cada persona; además, se recomienda beber mucha agua para favorecer la eliminación de toxinas y grasas, explicó David Fernández, masajista del Gimnasio Fitness. Los masajes no hacen bajar de peso, sino que reducen el volumen corporal. La grasa es un volumen y en la medida en que el masajista trabaja una zona moviliza las acumulaciones de la misma y es por ello que la persona comienza a reducir centímetros, aunque mantiene su peso. De allí la importancia de combinar las terapias de masajes con una alimentación balanceada y una rutina constante de ejercicios, que no necesariamente tiene que desarrollarse en un gimnasio, porque con el simple hecho de caminar se pone en práctica uno de los ejercicios más completos y sencillos para quemar grasas y calorías. Ante todo, la persona que opte por la terapia de masaje reductor o de tonificación debe estar consciente que se trata de un proceso lento y que requiere constancia, enfatizó Fernández. Por lo general, las sesiones de masajes se aplican un día sí y un día no, para que el cuerpo descanse, pero sin que el proceso pierda continuidad. Por ejemplo, una persona que tenga uno o dos kilos por encima de su peso ideal y que por sedentarismo presente las rugosidades propias de la celulitis en caderas y piernas, requiere de una terapia de seis meses como mínimo, además de cambiar sus hábitos alimenticios y comenzar alguna rutina constante de ejercicios. Los casos de sobre peso severo o de obesidad responden ante los masajes, pero se requiere mucho tiempo para comenzar a notar resultados. En cuanto al dolor que muchas personas padecen durante la sesión de masajes, Fernández destacó que trabajar sobre una zona con acumulaciones de grasa produce dolor, pero sin exageraciones, porque si el masaje deja moretones y lesiones en la piel es porque no fue aplicado correctamente. Por otro lado, cabe destacar que es un mito que los masajes afectan la tonicidad muscular, ya que éstos actúan sobre la grasa, no sobre los músculos. Los movimientos básicos para aplicar los masajes son fricción, amasar y golpeteo. Los buenos masajes se realizan con las manos, porque los diversos aparatos que existen en el mercado para tal fin resultan ineficaces para movilizar los depósitos de grasa y sirven principalmente como complemento de los masajes antiestrés. Los tres movimientos básicos se aplican durante las sesiones de masajes reductores, y en la medida que transcurren los días se incrementa la presión y la fuerza en la zona, para que el cuerpo se adapte al tratamiento. Los pellizcos están absolutamente contraindicados, porque no ayudan en la movilización de las grasas y rompen los vasos capilares. Las sesiones de masaje reductores mientras más rápidas mejor, de modo que deben oscilar entre 20 y 30 minutos, ya que se aplica mucha fuerza y es necesario que los músculos y la grasa se calienten. Si la sesión se prolonga demasiado se pierde efectividad y la persona no lo soporta. Para los masajes, David Fernández prefiere utilizar glicerina pura en lugar de cremas. La glicerina lubrica la piel para que al aplicar la fuerza del masaje no se lesione la misma. En lo que respecta a las cremas reductoras, Fernández las pone en tela de juicio, aunque considera que los medicamentos lipotrópicos, ya sean inyectados o consumidos vía oral, ayudan en el proceso de eliminación de grasas.
Alternativa antiestrés
En primer lugar, se procede a aplicar fricción para calentar la zona y luego se "amasa" con suavidad. Cabe destacar que en este tipo de masajes el tiempo de la sesión lo determina la condición de la persona; es decir, hasta que se liberen los músculos (puede que dure 10 ó 40 minutos). La experiencia que tenga el masajista le permite combinar técnicas y aplicarlas a cada situación. En el caso de los masajes antiestrés, Fernández aplica la técnica de la ventosa, fórmula milenaria originada en el mundo árabe que libera a gran velocidad de tensión la zona afectada que no responde al tratamiento con las manos. Esta técnica se pone en práctica con cuatro elementos básicos: un vaso, una moneda, un papel y fuego. Para llevar a cabo el procedimiento se toma una servilleta de papel y en el centro se coloca la moneda, luego toman los cuatro extremos del papel y se tuercen en torno a la moneda. Se enciende con el fuego las puntas del papel, se coloca la parte que tiene la moneda sobre la zona a tratar y se cubre con el vaso. Inmediatamente, el fuego se apaga por la ausencia de oxígeno y se forma la ventosa, la cual succiona la piel dentro del vaso. Ahora, el masajista puede desplazar el vaso sobre la zona, lo cual libera la tensión muscular instantáneamente.
El camino del relax total La integración corporal es una técnica que busca la armonía total y para ello se vale de la manipulación muscular que sería el masaje. El masaje dentro de este tipo de terapias es sumamente importante porque lleva a la persona, a través del contacto físico, a tener conciencia de sus tensiones y dolores corporales. De esta manera, con el masaje el terapista busca despertar el verdadero ser que hay en el cuerpo de su paciente, porque con la manipulación muscular lo sensibiliza hasta iniciar ese proceso de concientización. En la experiencia de Nora Avila, terapista corporal especializada en integración corporal del Centro de Atención Integral a la Familia, cuando una persona está muy tensa se encuentra por lo general muy alejada de sí misma y de su cuerpo. La idea de la terapia de integración corporal es hacer que la gente tenga conciencia plena de su cuerpo a través de sus sentidos, hasta llegar a su mundo emocional. El cuerpo es un resumen de la historia, de la vida de cada quien, por eso es el vehículo idóneo para acceder a la interioridad de la persona, donde se alojan sus miedos, dolores, rabia, amor y alegría. Cuando un terapista corporal toca al cuerpo y aplica el masaje, a la vez toca todas estas emociones. Por esta razón se considera que el trabajo de este tipo de especialista es mucho más complejo y completo que el del masaje fisiológico. La técnica de la integración corporal se vale del cuerpo para acceder a las diferentes facetas del yo psíquico y emocional de una persona. Desde el punto de vista de Avila, cuando una persona trata sus problemas sólo a nivel verbal puede generar mucha resistencia a las soluciones, porque hay bloqueos corporales en la musculatura diafragmática, del pecho o la garganta entre otros, que pueden obstaculizar las soluciones. El terapista del cuerpo busca la distensión muscular para que la emoción que está trancada o presa en el cuerpo se libere y descongestione a la persona. Cuando la musculatura está contraída para contener una emoción, parte de la energía del individuo se invierte en esa tensión, lo cual genera cansancio y agotamiento.
A la caza de indicios Los mínimos gestos del cuerpo son indicios para descifrar cómo se siente la persona, muy útiles sobre todo cuando ni el mismo afectado sabe qué le oprime. Básicamente, el terapista corporal se fija en la respiración, en el grado de contracción de la musculatura, en manifestaciones verbales que revelen alguna conciencia de sí y en la mirada del individuo. Con esta lectura del cuerpo el terapista se orienta para intervenir en los conflictos de esa persona. En la medida que transcurren las sesiones, el paciente comienza a descubrir en base a sus respuestas a la terapia sus problemas. Con esas mismas respuestas el terapista sabe hasta dónde puede trabajar en cada sesión para desentrañar el conflicto. Poco a poco, el paciente comienza a experimentar el gozo ante la descarga emocional. Es más, la plenitud y la alegría no se pueden vivir mientras no se liberen las emociones de rabia y dolor. En la terapia corporal se respeta el ritmo de desbloqueo de la persona, por eso es muy difícil hablar de tiempo necesario para observar resultados. Sin embargo, unas 10 sesiones, aplicadas una por semana, ya revelan algunos beneficios. A la hora de aplicar la terapia antes que nada, el especialista se aproxima a la persona para explorarla a través del masaje. En este momento se manifiesta la negación, puesto que la persona bloquea zonas de su cuerpo para anular ciertas emociones. Luego, el paciente y el terapista se convierten en aliados, para descubrir juntos las facetas de su vida que influyen en su desenvolvimiento integral, a nivel individual y social. En una tercera etapa, la persona comienza a asimilar los cambios y actúa de tal forma que muchas veces se sorprende de su nueva actitud frente a situaciones que anteriormente le generaban conflicto. En una última fase, el paciente alcanza tal conciencia de sí que aprende a manejar situaciones imprevistas, sin que por ello se desencadenen procesos autodestructivos. Todo esto se logra tras un arduo trabajo de ambas partes en el que el masaje se convierte en el vehículo para acceder a la interioridad humana, en una simbiosis dinámica.
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