Fútbol femenino

La baja con el pecho y la controla frente al área, mira a la portería, evade a la defensa y dispara, batiendo las redes rivales... No fue Ronaldo, ni Ariel Ortega, mucho menos Juergen Klinsmann: fue una mujer.

Sí, ahora resulta que el fútbol también es cosa de mujeres

Hace algunos años hubiera resultado algo impensable, de hecho, para el ámbito latinoamericano aún la idea no deja de estar rodeada de un halo de escepticismo combinado con discriminación: ¿mujeres practicando fútbol? habráse visto... Sin embargo, en la mayor parte del mundo industrializado, vale decir Estados Unidos, Europa y el sureste asiático, las féminas han conquistado el terreno de los goles y las patadas. Increíble, pero cierto.

En nuestro país tal vez el asunto no ha pasado a mayores todavía, porque si bien ya hay unas cuantas chicas que persiguen balones en los colegios, la máxima referencia del balompié femenino sigue siendo el ya desgastado chiste del intercambio de camisetas al final del partido, que se ha convertido en uno de los lugares comunes favoritos de nuestros narradores.

Pero lo cierto es que ya la práctica de este deporte entre las damas ha sido bendecida con la venta de la todopoderosa Federación Internacional de Fútbol Asociado, FIFA, que ha girado instrucciones a todos sus países afiliados para que organicen ligas femeninas y preparen selecciones, luego del éxito de dos experiencias claves de expansión: los mundiales de China en 1991 y de Suecia en 1995, y los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996, donde el fútbol de mujeres le ganó al racquetbol, al triatlón y a las bicicletas montañeras la carrera por la inclusión en el programa olímpico.

En los últimos años las mujeres han venido conquistando terrenos atléticos anteriormente reservados de forma exclusiva a los caballeros. Una vez roto el mito de las damas boxeadoras, cualquier otra aventura dejó de ser imposible. El "sexo débil" comenzó a saltar con garrocha, a levantar pesas (de hecho una venezolana, Carolina Sangronis, acaba de convertirse en campeona mundial juvenil luego de levantar más de 90 kilogramos en ciudad del Cabo) y a exigir ganancias equitativas en el tenis. El fútbol, el deporte rey, no podía quedarse fuera de esta nueva revolución.

 

Avanzada vikinga

La FIFA comenzó a pensar en extender su manto al fútbol femenino, como más tarde lo haría también con el de salón, durante el congreso que coincidió con el Mundial de México en 1986. En esa oportunidad, una representación de jugadoras noruegas se presentó ante el presidente Joao Havelange y le hizo ver el nivel que esta disciplina había alcanzado entre las damas.

Como resultado, cinco años después se organizó en China el primer mundial, que ganó Estados Unidos. Cuatro años más tarde, en Suecia, Noruega capitalizó su mayor tradición, como en los albores de los mundiales masculinos lo hizo Uruguay, y se alzó con la corona. En Atlanta, Estados Unidos volvió a ganar y esta vez la portera Briana Scurry le agregó un toque de infaltable excentricidad de rock star al asunto, cuando confesó después de los Juegos que había cumplido su promesa de correr por las calles de su pueblo natal vestida sólo con su medalla de oro. Al mejor estilo de las Spice Girls.

Hoy en día, Estados Unidos es uno de los países con más tradición en fútbol femenino. De hecho, el soccer es visto entre los norteamericanos como un deporte de niñas. En Japón, donde al igual que en los Estados Unidos están en la onda de conseguir reconocimiento mundial para su liga doméstica, una futbolista profesional puede ganar hasta medio millón de dólares al año, una cifra que si bien es apenas una séptima parte de lo que ganó Ronaldo este año, supera con creces los ingresos de muchos jugadores en América Latina.

Entre 1986, cuando se concibió la idea de organizar el balompié femenino, y los Juegos Olímpicos de Atlanta, la selección de Estados Unidos ya se había ganado el respeto mundial, con un balance en ese período de 100 victorias contra 28 caídas y nueve empates, que los estadounidenses traducen, con esa pasión desmedida por las estadísticas que los caracteriza, en un porcentaje ganador de .781.

Las nórdicas son la otra potencia de la actividad. Aparte de las noruegas, las suecas y las danesas se cuentan siempre entre las favoritas en cualquier evento al que asisten. Y otras que han comenzado a ganar notoriedad son las chinas, así como las alemanas.

Mientras tanto, en América Latina, Brasil ha sido el único país de la región que ha estado presente en los dos mundiales y en la aventura olímpica. Perú está en la vía de organizar un equipo competitivo, tal como lo hizo en el pasado con el voleibol femenino, mucho más connotado entre los incas que el de los caballeros.

En Argentina y Uruguay existen ya ligas profesionales y departamentos de fútbol femenino en los organigramas de sus respectivas federaciones, aunque entre los charrúas dos de sus clubes más populares, Defensor y Peñarol, se negaron a participar en la comparsa de las damas, e incluso a prestar los nombres de sus instituciones para la conformación de divisas para las chicas.

Entre los incas el entusiasmo es mayor. Al igual que la Armada patrocinó en su oportunidad los remates de Gaby Del Solar, en esta oportunidad le toca el turno de actuar como sponsor a otro medio de transporte, Aerolíneas Peruanas. Más al sur, en Chile, existen ya 300 equipos oficialmente conformados. En Argentina, las mujeres han dado un paso gigante en el terreno rectangular, cuando una de ellas fue admitida por la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) como árbrito de primera división, a pesar de las múltiples protestas que rodearon a su designación.

El atraso latinoamericano se extiende también a los países africanos y en general a los de formación musulmana, donde el machismo imperante ha cerrado las puertas de muchas actividades ­aparte del fútbol­ a las mujeres.

Sin embargo, el crecimiento mundial ha sido vertiginoso. Existen 40 millones de mujeres practicando fútbol, según los registros de la FIFA, lo cual suena más sorprendente aún si se toma en consideración que esa cifra se ha alcanzado en unos 20 años, y que representa un tercio del número de hombres que se dedican al balompié, luego de un siglo de tradición.

Por supuesto, el mercado ha tenido mucho que ver con este boom. A diferencia de las grandes potencias del fútbol masculino, forjadas a pulso a lo largo de incontables años, el femenino ha estado alentado por el mismo espíritu organizativo que ha guiado a la Major League Soccer de Estados Unidos y a la Japan League: mucha publicidad, grandes inversiones, innovaciones que hagan más atractivo el espectáculo, como los shootouts norteamericanos o la muerte súbita en el caso de los nipones, y pasos firmes y calculados, como los que han privado en cada expansión vivida por esos campeonatos.

 

El futuro a la vista

El próximo mundial de fútbol femenino tendrá lugar en Estados Unidos en 1999. Allí, además de Brasil, se espera que Uruguay y Perú tengan a punto equipos para participar en las eliminatorias. En esta oportunidad clasificarán 16 selecciones a la fase final, a diferencia de las 12 que compitieron en China y Suecia. Hasta tres de esos combinados podrían ser suramericanos, si la Confederación Suramericana de Fútbol (CSF) accede a reclamar ante la FIFA dos cupos más para representantes de esa región, una empresa a la que el presidente Nicolás Leoz no se ha mostrado muy afecto.

El secretario general de la FIFA, el suizo Joseph Blatter, sostiene que dentro de unos 15 años habrá tantas mujeres como hombres dedicados al fútbol. En la actualidad, los mundiales femeninos generan, naturalmente, menos interés que los masculinos, pero superan en atención a los juveniles y de menores, de donde en los últimos tiempos han salido astros como el brasileño Juninho, el argentino Javier Zanetti e incluso el venezolano Daniel "Cari Cari" Noriega.

El fútbol femenino ha desarrollado una personalidad. La responsable del departamento que regula esta actividad en la Asociación Uruguaya del Fútbol (AUF), Matilde Reich, en declaraciones a la publicación Brecha explicó que en la cancha "la mujer demuestra menos sentido lúdico, el hombre juega más libremente, con más seguridad. Sin embargo, la mujer es más especulativa, es más agresiva, juega más para ganar".

Las cifras avalan esta afirmación. En los juegos Olímpicos de Atlanta, las damas anotaron más goles e hicieron menos faltas que los caballeros. Además, la pelota estuvo en juego más tiempo en el torneo femenino y la recaudación, en un país donde "el fútbol es cosa de niñas", fue mayor.

La transferencia internacional de jugadoras es otro elemento que ha entrado en juego ahora que el balompié de las chicas es cosa seria. Cuatro internacionales estadounidenses han militado en la liga sueca y la delantera Tiffeny Milbrett jugó en Japón.

A diferencia de la selección masculina, donde es normal escuchar nombres de origen latinoamericano como Tabaré Ramos o Temoc Suárez, o italianos como el de Tony Meola, el combinado femenino no ha tenido que recurrir a las colonias extranjeras para conformar una plantilla competitiva. La tradición está tan arraigada que hay suficiente talento autóctono para ganar un mundial o una medalla de oro olímpica. De hecho, según cifras oficiales, 35 por ciento de los 16 millones de futbolistas federados en Estados Unidos usa protectores en el pecho en lugar de la entrepierna.

 

¿Quién sabe entonces si en Venezuela las satisfacciones futbolísticas las traigan algún día las damas, tal como lo hacen hoy con los concursos de belleza?


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